Las 2 razones por las cuales los Niños Dicen Mentiras

…y qué hacer al respecto.

“¿Te lavaste los dientes?”

“Si…”

“¿Pusiste tu pijama en el cesto?”

“Si…”

Tú sabes que no es cierto. La reacción típica es que nos enojamos, gritamos, “Cuantas veces te tengo que pedir que…” o, amenazamos, “Cuando se te piquen los dientes, ¡verás…!”

Podemos vivir así todo el día, ellos mintiendo y nosotros haciendo corajes. Ellos no haciendo caso y nosotros explotando por millonésima vez. Y pueden pasar veinte años y seguimos igual. La vida familiar se vuelve sumamente estresante y llena de desconfianza. Con la panza torcida, en la madrugada, nos preguntamos “Algo en mi estrategia no esta funcionando. No puedo seguir con lo mismo esperando que el resultado sea diferente. ¿Por dónde puedo empezar?”

1) Entendamos el funcionamiento del cerebro de nuestros hijos.

Cuando los niños mienten es porque

– no se sienten emocionalmente a salvo para decir la verdad. 

– tienen miedo al regaño y creen que al decir mentiras, se salvan.

Nuestros hijos tienen otras prioridades, diferentes a las nuestras. Si ellos deben elegir entre terminar el juego o lavarse los dientes, mil y un veces elegirán el juego. Y esta bien, son niños. O, también sucede que, simplemente se les olvidó (si, otra vez) y cuando les “recordamos”, como no saben cómo zafarse y, por miedo, mienten. 

Generalmente reaccionamos con lo mismo lo que nuestros padres hacían con nosotros: los avergonzamos o los castigamos o les quitamos privilegios como “una semana sin tablet” (que no deberíamos dárselas desde un inicio), pero lo único que esto les enseña es que deben aprender a mentir mejor o a esconder bien las evidencias… no a dejar de mentir. Es decir, con nuestra explosión emocional, estamos generando el hecho de que ellos no se sienten emocionalmente a salvo.

Recuerda lo que vimos en el curso de Disciplina Sin Lágrimas (si no lo has tomado, tómalo, ¡esta lleno de herramientas efectivas!) cuando nosotros nos enojamos, ellos inmediatamente entran en amygdala y ya no hay nada que los regrese al cerebro superior. Las mentiras son solo el síntoma.

NOTA IMPORTANTE: los niños aprenden a mentir a partir de los 6 -7 años. Es cuando ya aprenden a “tomarnos la medida”. Pero a esa edad sus mentiras son de lo más inocentes, no hay nada maquiavélico atrás. “No mamá, yo no me comí el dulce” y ves el envoltorio atrás, sobre el sofá brillando como diamante.

Y nuestro miedo es que cuando ellos mienten, van a volverse malas personas y aunque no necesariamente ese será su destino, sí es buena idea aprender a corregir esto, pero de la manera adecuada.

¿Qué debemos hacer después?

2) Cambia tu perspectiva:

Tu niño, ahorita, no es mala persona. Es un niño normal. Buscando conexión, apoyo, aliento y un lugar seguro en donde pueda ser él / ella misma.

3) Ten curiosidad sobre lo que pueda estar pasando.

Cuando los niños tienen miedo a decir la verdad, ¿cuál es el secreto que están ocultando? Atrás de los secretos suele haber vergüenza, actúa con cautela y mucho respeto.

4) Reconstruye la confianza con conversaciones auténticas.

Dile con palabras, tono de voz y actitud, “aquí estoy para ti, quiero saber qué necesitas y cómo puedo ayudarte”.

5) Cambia el ambiente en casa:

Creamos esa seguridad emocional que tanto necesitan, es decir, un ambiente seguro para que puedan soltarnos la verdad que sea. 

Entonces, imagina (o recuerda) la imagen:

“Si me lavé los dientes mamá.”

Peeeero, el cepillo de dientes esta seco.

No te enojes. Respira y piensa bien qué y cómo lo vas a decir. Agáchate a su nivel visual y con voz amable, puedes decir algo así, “Entiendo que me quieres decir que ya te cepillaste los dientes. Sé que no lo has hecho. Me quieres contar ¿qué fue lo que pasó? ¿Necesitas que te ayude en algo?”

Si ya lo has regañado previamente en ese tema, lo más seguro es que te peleé de vuelta,

“¡SI ME CEPILLÉEEEEE, MAMAAAAA!”

Mantén la calma. Respira. 

“Sé que eso no es lo que ha pasado. Vamos a llegar a la raíz del asunto y vamos a pensar en algo que funcione para ti y para mi, ¿te parece bien?”

Algo importante de este proceso es mantenernos sin juzgar. Si esta mintiendo, repito, no es por malo, sino por que hay una necesidad importante que no esta siendo cubierta. Nuestro trabajo es escarbar hasta que esa necesidad salga a flote y atenderla.

“¿Te gustaría que te acompañe?” o “¿Tal vez no te gusta que te digan todo el día qué debes hacer?” o “¿Qué pasaría si lo hacemos juntos?” o “Probablemente no te gusta el sabor de la pasta dental?”

Si te fijas, no se trata de aplicar más castigos ante su “rebeldía”, sino de compasión. Seguridad. Honestidad. Empatía. Validación. Crear el espacio para que se sienta apoyado en la actividad y en su propia familia.

6) Cambia el ambiente. Hay muchas maneras de hacer de lo mundano, divertido.

“A mi tampoco me encanta hacer esto. ¡Hay que hacerlo más divertido! ¿Y si inventamos una canción del lavado de dientes? 

“Soy un dinosaurio 

con mil colmillos, 

he comido pillos 

que se irán 

¡con el cepillooooo!”

Y ya no tendrá miedo porque se esta divirtiendo.

Los niños son pequeños mucho más tiempo de lo que aparentan por fuera. Es posible que te pide que lo acompañes o que hagas algo que implica un mayor esfuerzo de tu parte. Siempre es mejor hacer ese pequeño empujoncito, porque si lo analizamos bien, es menor al esfuerzo que requeriría un griterío, castigos, enojos, azotones de puerta y “estoy haciendo todo mal, soy la peor madre del mundo” a las 3 de la madrugada.

El acompañamiento, el respeto, la conexión y el juego, siempre funcionan mejor.

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