El cuento del Hiper Sensible y la rata muerta

Tenemos un jardín lleno de pajaritos, abejitas, insectitos  y a veces las ratas merodean para conocer el alegre lugar.

Una madre puede repetir millones de veces, “Hijo, cierra la puerta de la sala para que no se metan las ratas”, pero al millón-uno es posible, solo posible, que una rata se meta.

Bueno, pues se metió.

Antes teníamos una perrita magnífica cazando ratas, las perseguía hasta sacarlas o matarlas (y luego me traía su trofeo… yo –Mega Híper Sensible– me retorcía del asco pero se lo celebraba como si fuera medalla de oro olímpica para alentarla). Varios años después, adopté otra perrita que ha decidido que esos bicharajos no son de su interés. Le divierte más cazar moscas.

Gracias.

Entonces, apenas nos avisó con un micro gesto de un olfateo hacia la tarja de la cocina indicando que “algo esta ahí…” y luego se dió la vuelta a hacer otra cosa. Nosotros confirmamos la teoría por el ruido que la rata emitía, ya sabes ese iiiik-iik que nos para los pelos de punta.

Normalmente solemos ser muy ecológicos, eco-friendy, eco-todo, pero tratándose de una rata en nuestra cocina, se nos olvidó toda amabilidad. Le poníamos al condenado conejo roedor toneladas de veneno y la desgraciada se lo comía como si fueran churrumais(TM).

Dos semanas después de que Pumba seguía trague y trague, mi esposo se apareció con una bolsa gigantezca llena de trampas marca ACME(TM), venenos de marcas distintos y cuatro botes de Kola Loka(TM) para reforzar las trampas de esas que se pegan. Las trampas por supuesto no funcionaron. Al término de unos días mi cocina empezó a apestar.

Feo. Muy feo. Muy mal plan.

Realmente horripilantosamente.

Obviamente Pumba murió, Más por empacho que por el veneno y teníamos el cadáver escondido en alguna esquina de la cocina.

Mi marido, Híper Sensible, evidentemente –y en muchas más cosas que yo, hiper asqueroso y frenético de la limpieza– fue el Valiente Caballero que, sin otro remedio y protegido debajo de un traje de astronauta casero, se animó a buscar y sacar el cadáver pútrido de ahí.

Yo, oooobviamente huí al cuarto más lejano de la casa para no saber, ni oler, ni ver, ni sentir nada.

Desde mi punto de vista estaba siendo responsable: no despertaría a los demás con mis gritos terroríficos por las pesadillas tras mirar la escena del crimen.

A ratos, y cuando no me quedaba de otra, iba para proporcionar más guantes, tapabocas, trapos, Lysol, cloro, bolsas negras para cadáveres… ya sabes, lo normal para la ocasión.

Yo trataba de escuchar la música de un video, pero mi niño por cada tres palabras que gritaba, una era “RATA”. Después de un rato exclamó, “¡Ya encontramos la RATAAAAA! ¡Esta ASQUEROSAAAAA! ¡Y la tiene que sacar con la manoooo! ¡GUACALAAAAA!”

El Valiente Caballero solo rechinaba del asco –es lo que pude oír– y al rato pasó frente a mi con la bolsa negra retorciéndose en una danza tapatía/china/rusa, emitiendo sonidos guturales ¡WAGHH! ¡GUAJJJ! ¡EEEEKKK! ¡PAUGHJJ!

Y yo escondida atrás de mi computadora haciendo algo verdaderamente importante… ya no recuerdo qué, tratando de no imaginar cómo hubiera sido sacar aquello.

Terminó pasando incontables trapos, Lysol y más Lysol, toallas húmedas y todo lo anti-bacterial que se encontró, el Valiente Caballero, despeinado, sudado y con el apetito cortado, me exigió nada menos que una Harley Davidson(TM) para el día del padre.

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